Mi primo Augusto tiene veintiún años y hace veinte que lo conozco. A ambos nos crió nuestro abuelo desde los cinco hasta los doce años, ya que nuestros padres por motivos de trabajo siempre estaban viajando. Nuestro abuelo nos enseñó la vida militar, pues él había sido capitán en la Marina de Guerra del Perú y sabía de estas cosas. Así, que de algún modo mi primo y yo nos parecíamos en el carácter. No vivimos la niñez que nos hubiese gustado, nos enseñaron a ser adultos antes de tiempo.Sin embargo, todo esto cambió el 20 de octubre de 1997, cuando su padre murió en un accidente de tránsito, cuando regresaba de uno de sus tantos viajes de trabajo. Mi primo quedó destruido. Con apenas doce años su mundo quedó destrozado y él sin poder hacer nada. No sufrió, no lloró, no gritó y estoy casi seguro que no sintió nada, pues se nos había criado de ese modo. Nuestro abuelo nos enseñó a no sentir, porque decía que de esa manera no nos podrían lastimar. El rostro de mi primo era un témpano. Fue entonces que después del entierro y de una discusión con mi abuelo, su mamá decidió llevárselo con ella adonde ella fuera.
Estuvimos separados solo tres años. Nos volvimos a encontrar en el funeral de su mamá. Tenía cáncer y murió el 12 de agosto del 2000. Mi primo había perdido a sus dos seres más queridos, no se si los quería de verdad, porque nunca lo demostraba. Mi madre le dijo que se podía quedar en mi casa todo el tiempo que quisiese. A mi me alegraba esa noticia, pues íbamos a estar juntos de nuevo y hacer las cosas que no pudimos hacer cuando éramos niños. No fue así. Las enseñazas de mi abuelo habían calado hondo en él y a la voz de mi madre me había hecho más humano, así que no era fácil entendernos.
Pasaba todo el día encerrado en su cuarto y sólo salía para comer o ir al baño. Mi mamá lo trasladó al mismo colegio en el que yo estudiaba. Mi misión era acercarlo a los demás, que hiciera amigos y si fuera posible que tuviera enamorada. Supe que todos mis esfuerzos eran inútiles cuando la chica más bonita del salón le escribió una carta de amor. Después de leerla, la arrugó y la boto a la basura. A nadie le simpatizaba y él no aguantaba a nadie, excepto a mí que de vez en cuando me escuchaba. No fue a su fiesta de promoción y no apareció en la foto de recuerdo.
El 16 de febrero del 2001 hizo lo impensable. Era mi cumpleaños y como de costumbre mi madre había invitado a los familiares a una misa en la Iglesia María Auxiliadora. La ceremonia transcurrió normal hasta que llegó el momento de pasar la canasta de las limosnas. Mi primo se dirigió presuroso hacia la canastilla y la tomó antes que mi tía Irma. Pasó por todos las bancas y se quedo al último hasta que la otra persona terminase el recorrido. En ese lapso de tiempo, me percaté que mi primo, con la mayor cautela posible, tomó la mayoría del dinero depositado en la canastilla y lo echó en sus bolsillos sin que nadie se diera cuenta.
Ya en casa le increpé lo que había hecho. Pero mis palabras no le hicieron mella alguna. Al contrario, tomó su chaqueta y me dijo que lo acompañara. Preocupado en que iba a gastar el dinero y como mi madre no se iba a percatar de mi salida, porque estaba ocupada con mis tías hablando de las últimas cosas que habían pasado, decidí acompañarlo.
Habíamos estado dando vueltas por el centro de Piura. Eran casi las nueve de la noche cuando nos paramos enfrente de uno de los tantos hoteles de la avenida Junín. Entramos y mi primo preguntó cuanto costaba la habitación. Después de pagar diez soles por el cuarto, mi primo me dijo que vaya avanzando, porque tenía que hacer una llamada. Estuve esperando cerca de media hora cuando una esbelta mujer entro a la habitación, detrás de ella venía mi primo con una sonrisa y me dijo: feliz cumple primo. Le dije a la chica que esperara un momento en el cuarto, cogí a mi primo del brazo y lo llevé al pasillo. Ahí discutimos fuertemente, pues no solo había usado el dinero que se había robado para llamar a una prostituta, sino que sabía que tenía enamorada y no podía hacerle eso. Antes de irme me dijo que era un maricón y entró al cuarto.
El año escolar pasó tan rápido como el anterior, con la antipatía de siempre de mi primo. Pero esta vez, el témpano ya no se reflejaba solo en su cara sino también en su espíritu. Llegó el momento de postular a la universidad. Los sermones a mi primo le llovieron, pues él no quería estudiar. El quería viajar a Brasil, pues sus padres le habían dejado una fuerte suma de dinero, pero no la podía usar hasta que cumpliese dieciocho años, le faltaba apenas un año cumplir su sueño. De vez en cuando me iba a visitar a la universidad y me comentaba que se había hecho amigo de un mecánico y que juntos estaban reparando una moto. Después de un par de meses llegó a mi casa en una moto Yamaha DT.
Fue entonces que mi primo me enseño a manejarla. Los fines de semana, cuando yo estaba desocupado, lo acompañaba a alguna fiesta que tenía. En una de esas tantas juergas me tocó presenciar su ira. Todo ocurrió cuando un chico lo empujó de casualidad, mi primo se volteó y lo miró fijamente. Como el sujeto no le pidió disculpas, lo tomó de la cabeza y empezó a golpearlo. Luego de separarlo, vi que el tipo tenía el rostro ensangrentado, entonces saqué a mi primo de la fiesta antes de que llegase la policía. Subimos a la moto y no paramos hasta que se nos acabó la gasolina. Ya en el grifo, mi pirmo soltó una carcajada y su rostro se notaba relajado, desestresado. Ceo que le hacía falta expulsar toda su cólera.
Nunca quiso celebrar su cumpleaños y nunca iba a alguno que lo invitasen, pero si le gustaba ir a la playa en verano, especialmente a Máncora. Ahí, con los hipis encontraba paz y felicidad, se olvidada de sus problemas y era una de las pocas veces que lo veía sonreír. Aunque para ser sincero era por el efecto de alguna droga. Desde entonces se metió en ese mundo, por más que mis tíos conversaban con él era en vano. Hacía oídos sordos y se mandaba a mudar con su moto ruidosa.
Llegó hasta robar cosas de mi casa para conseguir dinero y comprar marihuana, que era lo más barato que conseguía. Un día se robó un peluche que mi enamorada me había regalado y exploté. Nos dimos de alma, unas trompadas como en los viejos tiempos. Ambos expulsamos todo lo que teníamos dentro, era la forma que nuestro abuelo nos había enseñado. Después de terminar con la cabeza rota, nos detuvimos y cada uno se fue a su cuarto.
Mi primo Augusto había encontrado en el robo, el alcohol y la marihuana la salida que andaba buscando del mundo real. Sin embargo, sufría por dentro, por las noches desde la ventana de su habitación se ponía a observar las estrellas en silencio y se quedaba ahí largo rato. En la playa le gustaba sentarse a observar los atardeceres y después que se ocultaba el sol empezaba a tirar piedra al mar.
Hace un mes, mientras estaba en clases en la universidad, recibí una llamada. Mi primo se había accidentado en su moto. Se fracturó las piernas, dos costillas y su cabeza había impactado en el asfalto. En sus bolsillos le encontraron una bolsita con marihuana y un collar que pertenecía a mi madre. Su moto quedó inservible, hecha chatarra. Lo trasladaron de urgencia al hospital Reátegui, llegué tan rápido como pude, pero no pude verlo.
Hoy está tendido en una cama, conectado a un montón de aparatos, pues está en coma. No se sabe si se recuperará o si podrá volver a caminar. Lo miro y pienso que mi abuelo nos hizo un daño, pues no fuimos niños cuando debimos haberlo sido, más aun mi primo, que necesitaba sentir cariño, saber lo que es un abrazo, pero no nunca lo supo. Nunca lo vi llorar, nunca lo vi manifestar sus sentimientos.
Mientras está en la cama como dormido, observo en su rostro una tranquilidad que no veía en él desde hace muchos años. Una serenidad que no tenía antes de accidentarse. Tal vez por eso no quiere despertar, tal vez esta pensando bien las cosas, tal vez se siente más cerca de sus padres y puede sentir por primera vez lo que es un abrazo.


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